Monthly Archives: noviembre 2019

mamá hater bulos redes sociales

¿Mi madre es una hater?

Un pariente pone en el grupo de WhatsApp de la familia un mensaje alarmista que habla de un atentado terrorista inminente o explica que una banda organizada está desvalijando casas con el truco de la colonia. Preguntas de dónde han sacado esa información y responden que se lo ha enviado un amigo por otro grupo. Resulta que es un bulo, que se la han colado otra vez.
¿Te suena esa escena? A casi todas las personas preguntadas les ha pasado alguna vez. Y lo que parece una broma, es un problema serio.

Cuentan las personas expertas en verificación de datos que WhatsApp se ha convertido en la red estrella para la desinformación. Y los estudios apuntan a que las personas mayores son más propensas a creerse los bulos y compartirlos. Tu madre puede ser una hater, o igual hater eres tú y aun no te has dado cuenta.

WhatsApp es una de las aplicaciones más populares, está presente en casi todos los teléfonos móviles. Y precisamente por eso, es un lugar muy interesante para bromistas, ladrones, estafadores y haters.

Pero hay otra explicación: WhatsApp es una red de mensajería formada principalmente por grupos cerrados donde solo participan sus miembros. En el grupo de tu familia, en el del equipo de fútbol, en el de la gente de la universidad solo podéis responder quienes habéis sido agregados. Así que la tarea de desmentir un mensaje falso queda en manos de unas pocas personas. No ocurre lo mismo con Twitter o Facebook, por ejemplo, donde por lo general cualquiera puede contestar y desmentir los mensajes y los gestores de las redes pueden borrarlos si comprueban que son falsos (no siempre lo hacen, pero poder pueden).

Total, que te llega un mensaje alertando de unas fresas envenenadas, por poner un ejemplo, y decides reenviarlo al grupo de madres y padres del cole por si acaso. Y a golpe de reenvíos y por si acasos se van viralizando las noticias falsas hasta convertirse en una intoxicación.

Es una faena para, por ejemplo, los productores de fresas, que pueden sufrir una caída de ventas sin sentido. Ahora imagínate que lo que circula de grupo en grupo son noticias falsas sobre personas refugiadas que se quedan con todas las ayudas sociales, manteros que atacan a la policía, rumanos que atracan. Todo esto ocurre y lo que lees en WhatsApp influye en la opinión que te formas sobre esos colectivos a base de noticias falsas o tergiversadas.

La cosa se pone peor en caso de personas de cierta edad. Las personas mayores de 65 años comparten siete veces más noticias falsas que las más jóvenes, según un estudio publicado en la revista científica Science Advances. El estudio se realizó en Estados Unidos, pero puede servir una tendencia que comprobamos en la práctica.

Y no es que las personas mayores sean más tontas, sino que, entre otras cosas, tienen menos alfabetización digital. No se han criado ni crecido por internet, han tenido que acostumbrarse a manejarse con el móvil y el ordenador cuando ya es más complicado aprender. Y tienden a pensar que lo que les llega es cierto. Si quieren comprobar la veracidad, les cuesta más manejar las herramientas necesarias.

Las autoras del estudio hablan de otro motivo, la pérdida de memoria. Eso hace que pueda costarles más acordarse de que el mensaje ya circulo hace unos meses por WhatsApp, que la foto que se usa en la noticia falsa ya la han visto en otro lado.

En resumen, tu madre puede ser una hater sin saberlo. Y también tu abuelo, tu suegro, la vecina de escalera e incluso tú. Reenviar un mensaje puede ser un paso más en la escalada del odio y las noticias falsas, así que comprueba antes de hacerlo y, si dudas, no lo pases.

También puedes echarle un vistazo a nuestra la pestaña de herramientas o incluso organizar un taller, como los que proponemos desde la campaña Save a Hater y descargar algunas piezas para que compartas en redes sociales.

desinformación en elecciones

¿No votes? Campañas de desinformación en elecciones

Los buzones se nos llenan de sobres de todos los colores; de las farolas cuelgan caras de hombres, los más, y mujeres, las menos, sonrientes; los lemas nos asaltan cada vez que abrimos una página web. En épocas de campañas nos inunda la propaganda electoral en todos sus formatos. También y cada vez más en las redes sociales. Allí los partidos pueden hacer anuncios a medida, segmentando públicos según sus intereses y preocupaciones y asegurándose un acceso directo a las personas que quieren convencer de que les voten.

Hasta aquí todo suena lógico, pero a veces ocurre al revés. Quién lo iba a decir, hay quienes invierten mucho dinero en lograr justo lo contrario, que no votemos. Apelan a nuestros enfados y nuestros miedos legítimos para pedir que no acudamos a las urnas o escojamos a un candidato con escasas posibilidades de éxito. Mezclan datos y hechos reales, con bulos y tergiversaciones de la realidad.

En el año 2016, por ejemplo, Donald Trump y Hillary Clinton se jugaban el acceso a la Casa Blanca. Miles de cuentas de Twitter, Facebook, Instagram y YouTube se pusieron a funcionar para evitar que la representante demócrata lo lograse. Y muchas de ellas se dirigieron a la población negra de Estados Unidos. Hablaban de problemas reales de violencia racial y discriminación, de brutalidad policial, de los efectos de la tenencia de armas. Reivindicaban el legítimo orgullo de ser negros y negras. Pero también difundían bulos, como un supuesto hijo ilegítimo de Bill Clinton con una prostituta negra que este no había querido reconocer.

Esas cuentas parecían ser de ciudadanos normales o de colectivos a favor de los derechos civiles. Y en algún punto llamaban a sus seguidores a no votar en las elecciones presidenciales. O bien, les invitaban a votar a una candidata con pocas opciones, Jill Stein.

Llegó el día de las elecciones y la participación de los votantes afroamericanos cayó cerca de siete puntos con respecto a los comicios anteriores. Las papeletas que logró Jill Stein hubiesen sido decisivas para que Hillary Clinton fuese proclamada presidenta. Ganó Trump. Una campaña de desinformación respaldó a un presidente aficionado a los bulos y noticias falsas. Todo encaja.

De todo esto se ha investigado mucho desde 2016. La Agencia de Investigación de Internet (IRA, en sus siglas en inglés) basada en la ciudad rusa de San Petersburgo estuvo detrás de una campaña que apoyaba a Trump de una manera más que cuestionable. Como era evidente que determinados colectivos (afroamericanos, izquierdistas, LGTBI, etc) nunca votarían al candidato republicano, lo que había que lograr es que no fuesen a votar a nadie.

El truco parece tentador. Tanto que se repite a lo largo y ancho del planeta con resultados desiguales. En barrios trabajadores de Madrid, Sevilla y otras ciudades aparecieron pocos días antes de las elecciones del 10 de noviembre carteles con el lema “no contéis conmigo” impreso sobre los rostros de dos candidatos, mientras tanto en redes se difundían campañas similares. Finalmente son varios los estrategas políticos han aparecido como financiadores de los anuncios. Mientras los responsables de las redes sociales no actúen de manera decidida frente a la publicidad engañosa y la desinformación, nos tocará andar con cuidado cuando nos pidan la abstención.

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