Author Archives: Ángel Ramos

‘Gaysper’: las redes sociales convierten un ataque en símbolo de empoderamiento LGTBI

Los procesos electorales son ocasiones propicias para la difusión de desinformaciones, bulos y mensajes discriminatorios que persiguen movilizar a un sector de la población o conseguir réditos políticos. Tal es el caso del ‘meme’ que publicó en Twitter un partido político el 28 de abril, día de la cita electoral, en el que se representaba a varios movimientos sociales, medios de comunicación e ideologías políticas como enemigos de los que defenderse y a batir. Entre ellos se encontraba un fantasma con los colores del arcoíris que hacía referencia a la diversidad sexual y, más concretamente, al colectivo LGTBI.

La publicación nació, así, como un elemento de confrontación y de “defensa” contra presuntas diversas amenazas –motivo por el que ya ha sido denunciada por una asociación LGTBI al considerar que incita “al odio y la violencia contra las personas lesbianas, gais, transexuales o bisexuales”–. En un primer momento, las críticas no tardaron en aparecer por esa intencionalidad de calificar a este colectivo como “amenaza” o “enemigo peligroso”.

Sin embargo, las redes sociales no solo han servido como canal de difusión de este mensaje que pretendía señalar a un colectivo y polarizar a la sociedad entorno a el. Al día siguiente, el pequeño fantasma se convirtió en trending topic durante buena parte de la jornada cuando las propias personas LGTBI decidieron apropiarse de él e incluyéndolo dentro de su simbología propia.

En los últimos tiempos, el colectivo LGTBI ha hecho uso en múltiples ocasiones de este recurso para convertir un elemento de confrontación o estigmatización en algo identitario y de reafirmación. Este es el caso de los triángulos invertidos rosas y negros, utilizados en los campos de concentración nazis para marcar a hombres y mujeres homosexuales respectivamente, y que ahora son símbolos que les recuerda la superación en tiempos de persecución.

De esta manera, el simpático fantasma –al que se ha terminado por bautizarle como “Gaysper”, en referencia al personaje de dibujos animados “Casper”–, es una nueva muestra de que, aunque las redes sociales sean utilizadas para propagar mensajes que buscan promover el odio, los prejuicios y la polarización, también pueden usarse como herramienta para crear nuevos significados, símbolos y argumentaciones que hagan frente a esos ataques y sirvan para empoderar a personas o colectivos enteros que sufren discriminación.

Esta es una manera de afrontar este tipo de situaciones por la que apostamos desde la campaña Save a Hater, perteneciente al programa SiembraRED+ de Accem, para hacer uno uso responsable y con sentido crítico de las redes sociales y que el mundo digital sea un lugar más seguro para todos/as.

¡Bienvenido, Gaysper!

Apagón digital en Sri Lanka: ¿necesidad o conveniencia oportunista?

El pasado domingo 21 de abril, tras los terribles atentados terroristas que tuvieron lugar en Sri Lanka, el Gobierno estatal tomó la determinación de bloquear el acceso a la mayoría de redes sociales –entre las que se encontraban Facebook, Snapchat, Youtube o Instagram– y determinados servicios de mensajería online, como WhatsApp. Esta decisión fue respaldada desde el Ejecutivo ante la difusión de contenidos, a través de estas plataformas, que buscaban desinformar y propagar mensajes de odio contra la población musulmana en general.

No es la primera vez que este país se ve inmerso en esta situación: en 2018, tras un ataque a un templo budista en la ciudad de Kandy, tuvieron lugar una serie de disturbios violentos en los que muchos hogares y negocios que eran propiedad de personas musulmanas fueron incendiados y destruidos por grupos budistas extremistas. En ese momento se tomó por primera vez la decisión de provocar el apagón del mundo online, con la intención de que sirviera como cortafuegos ante la extensión de contenidos islamófobos.

Sri Lanka vuelve a pulsar el botón del bloqueo digital: ¿dedo ágil o dedo fácil?

Si bien es cierto que la actuación del gobierno el año pasado se quiso justificar por la oleada de violencia que surgió tras el suceso, cabe preguntarse ahora si el actual apagón de las redes sociales responde a una estrategia para cortar de raíz la difusión de mensajes para generar odio y prejuicios antes de que se produzcan nuevos disturbios. Pero, ¿existe realmente una justificación para limitar necesidades elementales y derechos básicos?

Ya en 2018 surgieron voces muy críticas ante una medida tan drástica como la censura y la prohibición de acceso a estos servicios. Y en esta ocasión, las críticas no han hecho sino aumentar. La ONG NetBlocks, nacida para dar seguimiento a la libertad de acceso a Internet en todo el mundo, ha afirmado tajantemente que esta decisión es contraproducente por haber silenciado a su vez las fuentes de información fiables y oficiales: «Las restricciones a la red nacional de Internet acelera la propagación de desinformación durante una crisis, debido a que las fuentes auténticas de información no están disponibles”.
A su vez, esta organización también ha criticado que esta situación abre la puerta a que terceras partes puedan explotar la situación, obteniendo beneficios políticos y lucrándose, ante la ausencia de fuentes confiables que permitan contrastar y verificar la veracidad de esas informaciones.

Las dos caras de las redes sociales

Hasta que aparecieron las redes sociales, nunca existieron herramientas que permitieran movilizaciones masivas instantáneas y que sirvieran de vehículo para ideas e informaciones con una capacidad de transmisión tan efectiva. Frente a su utilidad para generar y compartir información, para comunicarnos y para servir de espacios de colaboración y cooperación, la otra cara de la moneda es igual de poderosa, pero para hacernos la vida más complicada y, como mínimo, incómoda.

Un ejemplo de las consecuencias del mal uso de estas tecnologías lo demuestra el miedo de un ciudadano de Colombo, quien, preguntado por el Washington Post acerca del bloqueo tras los atentados, asegura sin ninguna duda que “es absolutamente una buena idea cerrar las redes sociales”. Aunque nos pueda parecer una aseveración aventurada, su temor a posibles represalias por ser musulmán, en un delicado clima de crispación y polarización social, se hace evidente: “A través de Whatsapp recibí información que nombraba a hombres musulmanes como los terroristas suicidas, a pesar de que el gobierno no había nombrado oficialmente a nadie en ese momento. No cerrar las redes sociales podría haber llevado a personas a coordinar ataques y disturbios contra los musulmanes”.

En la otra cara de la moneda se encuentran un no menor número de posibilidades y funcionalidades que han demostrado su enorme utilidad en circunstancias de emergencia. Además de hacer uso de estas plataformas para poder comunicarse directamente con sus familiares y amigos, Facebook lanzó en 2014 la herramienta “Estoy a salvo”, a través de la cual, por ejemplo, durante los atentados de 2015 en París o en medio de alertas y desastres naturales, las personas que se encontraban en las inmediaciones pudieron informar con un único clic a sus seres queridos que se encontraban bien.

Es cierto que aún hay mucho que mejorar y mucha pedagogía por hacer en cuanto al uso responsable de las redes sociales y las consecuencias de dar pábulo a contenidos que fomentan el odio y la desinformación. Pero también queda aún por aclarar hasta qué punto esta censura puede conllevar más beneficios que obstáculos, y, sobre todo, la más que dudosa legitimidad para sacrificar las libertades de información y de expresión de un país entero.

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