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El Paso

El Paso y las consecuencias del discurso de odio

Hemos visto cómo, al igual que en otros casos de delitos de odio, las plataformas digitales poco controladas como 8chan (creada como una ventana de libertad de expresión y convertida en un tablón de ideas extremistas) y las redes sociales entran en juego para dar a conocer con anticipación una matanza.

Antes de conducir nueve horas desde Dallas hasta El Paso en Texas, Patrick Crusius presuntamente redactó un manifiesto de 2.300 palabras cargadas de odio e intolerancia, en las que advertía de una “invasión hispana” y que los blancos estaban siendo reemplazados por las personas extranjeras en Texas, estado fronterizo con México donde casi un tercio de la población habla español.

Este manifiesto que no está firmado, apareció publicado en la ya conocida plataforma 8chan minutos antes de que el joven de 21 años originario de Dallas, entrase a un centro comercial y apretase el gatillo que acabó con la vida de 22 personas y dejase heridas a otras 21. Según se ha reseñado, el documento comienza mostrando simpatía a Breton Barrant y su actuación en los atentados contra dos mezquitas que en la ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda, quien también horas antes de realizar la matanza, colgó en este foro online un manifiesto motivado por ideas supremacistas y ultraderechistas.

En este caso las cuentas de Facebook, Twitter y LinkedIn del homicida fueron bloqueadas a tiempo y no hubo oportunidad de propagar el atentado, como sí sucedió con la masacre de Nueva Zelanda.

¿Pero qué lo pudo motivar a odiar a todo un colectivo y atacarlo? En su cuenta en Twitter mostraba su simpatía hacia el discurso xenófobo del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y su obsesión por la construcción del muro entre este país y México. Al ser detenido, el atacante confesó que su idea era acabar con la vida de la mayor cantidad posible de mexicanos.

Según la Anti Defamation League, 39 de los 50 asesinatos de motivación política registrados en 2018 en EE.UU. fueron cometidos por seguidores del ‘supremacismo blanco’. Un estudio difundido por The Washington Post ha mostrado cómo se incrementaban de manera muy sensible los crímenes de odio en aquellos condados en los que se celebraban manifestaciones políticas con el presidente Donald Trump como protagonista.

Aunque Trump condena ante los medios de comunicación esta ideología, se le ha visto innumerables veces pronunciar la palabra “invasión”, además de endurecer las políticas migratorias que en los últimos años ha logrado encarcelar a personas migrantes, deportarlas y separar a padres e hijos en las fronteras.

El constante discurso de odio, marcar diferencias entre unos y otros, el racismo y otras formas de discriminación, penetran poco a poco en las poblaciones, generando polarización y radicalizando a personas que llegan a cometer delitos como este. Por eso desde Save a Hater recordamos la importancia de que los actores sociales, políticos e influenciadores cuiden el mensaje que lanzan al mundo, porque todo acto tiene sus consecuencias.

Atentado en Nueva Zelanda: las redes sociales como escondite, canal y altavoz del discurso de odio

El pasado viernes 15 de marzo, al menos 49 personas fueron asesinadas y otras 40 resultaron heridas, en la ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda, en un atentado cometido contra los feligreses de dos mezquitas de la ciudad. El autor del asesinato masivo irrumpió armado en la mezquita de Al Noor y abrió fuego contra las personas que estaban allí reunidas para la oración del viernes, día sagrado para los/as musulmanes/as. Mientras cometía la matanza, grababa su ataque con una cámara adherida a su cuerpo y lo retransmitía en directo a través de las redes sociales. Poco después se producía otro ataque en la mezquita de Linwood, a cinco kilómetros de la primera.

Reunimos aquí algunas de las claves del atentado, y nos detenemos especialmente en aquello en lo que tenemos fijada nuestra atención en el proyecto #SiembraRED y la campaña #SaveAHater: las redes sociales y el entorno digital como espacio en el que el discurso de odio se alimenta, crece, se propaga y provoca consecuencias de extrema gravedad en el mundo offline.

El autor del atentado, o uno de ellos –hay al menos cuatro detenidos-, se llama Brenton Tarrant, es un ciudadano australiano que ha actuado motivado por ideas ultraderechistas y supremacistas. Tarrant se ha servido de las redes sociales para difundir la masacre que ha cometido con intención política y propagandística al servicio de su ideología xenófoba e islamófoba.

En estos hechos, que no olvidemos han acabado con la vida de 49 personas, han jugado un papel no menor las tecnologías de la comunicación, las aplicaciones de mensajería instantánea y las redes sociales. Según escribe el reportero Drew Harwell en The Washington Post, y recoge El Confidencial, “la masacre de Nueva Zelanda fue retransmitida en vivo en Facebook, anunciada en 8Chan, reproducida en YouTube, comentada en Reddit, y reproducida y copiada en todo el mundo antes de que las empresas tecnológicas pudiesen siquiera reaccionar”.

Horas antes de cometer el atentado, el presunto terrorista colgó su manifiesto, de 74 páginas, en el chat 8chan, pidiendo colaboración: “Es hora de hacer un esfuerzo de posteo real”. 8Chan es un sitio web, con escasos filtros y limitaciones para quienes desean publicar en él, en el que se permite y se fomenta el anonimato en las publicaciones, y que a partir del formato de ‘tablón de imágenes’ se basa en la publicación de imágenes y comentarios. Por esa ausencia de filtros y ese anonimato, 8Chan se ha convertido en un espacio utilizado para el intercambio y difusión de material prohibido, como pornografía infantil, violencia contra la mujer o discurso de odio neonazi.

El video de la matanza se emitió en directo a través de Facebook y circuló más tarde a través de distintas redes sociales, como Twitter, Instagram, YouTube o Reddit. Aunque las distintas plataformas trataban de eliminarlo, otros usuarios volvían a subirlo a las diferentes redes, propiciando que continuara su difusión. En las primeras 24 horas tras el atentado, Facebook eliminó 1,5 millones de videos del ataque, según informó Mia Garlick, directora de políticas de Facebook para Australia y Nueva Zelanda. Las redes sociales, los foros de internet y las aplicaciones de mensajería no fueron únicamente el vehículo de difusión de la matanza y el argumentario del terrorista. Fueron también el lugar en el que su autor encontró un espacio de afinidad y apoyo a sus ideas que facilitaron su retroalimentación.

Foros, chats y sitios web sirven para reunir a la gente en torno a sus inquietudes, ideas o aficiones eliminando barreras espacio-temporales. Esto, que es algo positivo y enriquecedor del ecosistema digital, contiene un reverso oscuro, pues permite también el encuentro y difusión de los discursos de odio más extremos y con vocación de convertirse en acciones tan violentas y brutales como el atentado neonazi de Christchurch. El discurso de odio que se cultiva y expande en redes sociales y foros de internet encuentra, además, un complemento perfecto en determinados sitios web que, bajo la apariencia formal de ser un medio de comunicación convencional, se dedican a publicar contenido falso diseñado y elaborado a propósito para fomentar el odio y el rechazo hacia determinados colectivos. Este fenómeno no es ajeno a España, donde también han aparecido páginas de este carácter.

En el atentado perpetrado en Nueva Zelanda, consumada la masacre, y también en este caso de forma simultánea al momento en el que se producía, las redes sociales se convirtieron en el altavoz de estos atentados, cuyo contenido extremadamente violento consiguió viralizarse y extenderse sin límite en el espacio y el tiempo. Ahí es donde desde nuestra campaña ‘Save a Hater’ podemos llamar a la responsabilidad y a la conciencia crítica sobre aquello que difundimos y que, de un modo u otro, contribuimos a extender. Es necesario conocer lo sucedido, pero no contribuir a las intenciones del terrorista: difundir su acción y su ideario de odio e intolerancia.

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